Sanar para Criar
Patricia
Patricia
| 10-06-2026
Equipo de estilo de vida · Equipo de estilo de vida
Infancias marcadas por la falta de afecto, el abandono, la violencia o las rígidas normas sociales pueden dejar heridas profundas que reaparecen con fuerza cuando llega un hijo. Con motivo del Día del Niño, exploramos las historias de madres y padres que han tenido que aprender a superar la rabia, la tristeza y el miedo constante de repetir con sus hijos aquello que ellos mismos sufrieron.
Margarita, de 37 años y madre de gemelas, se acuesta cada noche preguntándose si ese día se pareció demasiado a la madre fría y violenta que abandonó a su familia. Carolina, de 48 años y madre de dos hijos, instauró la “hora de los abrazos” mucho antes de quedarse embarazada para combatir la distancia emocional que sintió durante su infancia.
Sanar para Criar
Francisco, de 72 años, se emociona al pensar que ahora disfruta de sus nietos de una forma que no logró vivir con sus propios hijos.
“Ahora entiendo que podría haber sido un padre diferente, pero en aquella época los hombres eran educados para mantener distancia emocional. Los hijos no eran considerados nuestra responsabilidad directa y la sociedad esperaba eso de nosotros”, lamenta.

Cuando la llegada de un hijo refleja nuestra propia infancia

Las historias de estas tres personas, cuyos nombres han sido modificados para proteger su identidad, ponen de manifiesto cómo las heridas de la infancia pueden seguir presentes durante toda la vida.
“Aún no está resuelto. Cada día sigue siendo un desafío”, reconoce Margarita. La madre de gemelas explica que ha encontrado en su pareja un apoyo fundamental que le ha permitido descubrir que existen formas de criar muy diferentes a las que conoció durante su infancia.
Gran parte de su proceso emocional lo ha recorrido sola, aunque también recurrió a ayuda psicológica para afrontar los traumas que arrastraba desde niña.
“Mi historia tiene un peso permanente. Hay situaciones cotidianas que para otras personas serían insignificantes, pero que a mí me llevan inmediatamente a preguntarme si estoy actuando de forma distinta a como actuó mi madre conmigo”, explica.
La psicoterapeuta Ángela Rodrigues confirma que este fenómeno es muy frecuente.
“La llegada de un hijo funciona como un espejo implacable que nos devuelve la imagen de nuestra propia infancia. Convertirse en madre o padre obliga a enfrentarse directamente al niño que fuimos”, señala.
Según la especialista, muchas personas descubren que para convertirse en los cuidadores que desean ser, primero necesitan reconciliarse con su propia historia.

Las heridas emocionales también tienen diferencias de género

La terapeuta explica que los traumas infantiles suelen manifestarse de forma distinta en mujeres y hombres.
En las mujeres son frecuentes las secuelas derivadas de la negligencia emocional y de la exigencia constante de perfección.
Muchas crecieron en entornos donde el afecto dependía de su utilidad o de su capacidad para no generar problemas. Algunas fueron obligadas a asumir responsabilidades emocionales impropias de su edad, convirtiéndose en lo que se conoce como “niñas parentalizadas”.
En la vida adulta, esto suele traducirse en una enorme dificultad para establecer límites y en una necesidad constante de agradar a los demás.
En los hombres, en cambio, las heridas suelen estar más relacionadas con la represión emocional.
“Muchos crecieron aprendiendo que mostrar vulnerabilidad era una señal de debilidad”, explica Rodrigues.
Como consecuencia, desarrollan dificultades para expresar miedo, tristeza o inseguridad, lo que puede desembocar en aislamiento emocional, explosiones de ira, problemas físicos relacionados con el estrés o una dedicación excesiva al trabajo.

Hacer las paces con la infancia es un proceso de integración

Francisco representa bien este camino de transformación.
La llegada de su primer nieto cambió profundamente su forma de relacionarse con la familia.
“Me encanta compartir tiempo con mi nieto, jugar con él y abrazarlo mientras vemos la televisión. Y me duele no haber hecho lo mismo con mis hijos”, confiesa.
Aunque siente gratitud por esta nueva oportunidad, también lamenta las experiencias perdidas.
Para Ángela Rodrigues, sanar la infancia no significa borrar el pasado ni fingir que nunca ocurrió.
“Se trata de un proceso de integración”, explica.
Muchos adultos llegan a la parentalidad cargando heridas silenciosas, necesidades afectivas insatisfechas, expectativas familiares excesivas o dinámicas disfuncionales que tuvieron que soportar durante años.

El miedo a repetir la historia

Margarita reconoce que una de sus mayores preocupaciones es tratar exactamente igual a sus dos hijas.
“Soy extremadamente estricta con la igualdad. Si abrazo a una durante un tiempo determinado, intento hacer lo mismo con la otra. Sé que eso tiene mucho que ver con mi experiencia personal”, admite.
Durante su infancia se sintió excluida dentro de su propia familia.
“Mi madre tenía una relación excelente con mi hermana y trataba especialmente bien a mi hermano, que era el único varón. Yo sentía que me faltaba amor”, recuerda.
Los recuerdos más dolorosos todavía la acompañan.
“Tengo miedo de parecerme a mi madre porque recuerdo cómo podía llegar a casa de buen humor y, de repente, convertirse en una persona aterradora. Llegué a recibir golpes sin motivo y a tener que dormir fuera de casa”, relata.

La importancia de afrontar las heridas

“Hacer las paces con la infancia no es un destino, sino un proceso continuo”, afirma la psicoterapeuta.
La especialista insiste en que no existen padres perfectos ni infancias completamente libres de dificultades.
“La crianza consciente no exige ausencia de heridas, sino la valentía de enfrentarse a ellas”, sostiene.
Según Rodrigues, sanar al niño interior no solo beneficia al adulto, sino que también ayuda a romper patrones dañinos y a construir un entorno emocional más seguro para las nuevas generaciones.
Carolina mantiene viva su tradición familiar de los abrazos para asegurarse de que la distancia emocional que sufrió no se repita en sus hijos.
Francisco ha aprendido a expresar el afecto sin vergüenza.
Margarita continúa luchando cada día contra los fantasmas de su pasado.
“Quienes hemos vivido infancias con heridas profundas siempre tendremos una pequeña voz que nos recuerde lo cerca que estamos de convertirnos en aquello contra lo que hemos luchado toda la vida”, reconoce.
Por eso insiste en la importancia de pedir ayuda cuando sea necesario y de no permitir que el sufrimiento del pasado domine el presente.

Cómo reconocer que estamos repitiendo viejos patrones

Para Ángela Rodrigues, el primer paso consiste en reconocer lo que ocurre.
Uno de los principales indicadores es la desproporción emocional.
“Cuando reaccionamos de manera excesiva, rígida o defensiva ante una conducta normal de nuestros hijos, es probable que quien esté reaccionando sea nuestra herida infantil y no nuestro yo adulto”, explica.
La terapeuta subraya que identificar este mecanismo no debe convertirse en un ejercicio de culpabilidad.
“La culpa paraliza; la conciencia libera”, resume.
También recuerda que, aunque nadie es responsable de lo que vivió durante su infancia, sí es responsable de cómo decide afrontarlo en la edad adulta.
La verdadera autonomía emocional implica reconocer, validar y sanar emociones que quedaron reprimidas durante años, como la rabia, la tristeza o el miedo.

Evitar la sobrecompensación

La especialista advierte además sobre un riesgo frecuente: intentar compensar las propias carencias a través de los hijos.
Muchos padres buscan ofrecer a sus hijos exactamente la infancia que ellos no tuvieron.
Aunque la intención suele ser positiva, esta actitud puede terminar siendo asfixiante.
“Los niños necesitan vivir su propia historia, no la historia que sus padres desearían haber vivido”, señala.
Por ello, la clave está en mantener una observación constante de uno mismo y transformar una crianza impulsada por las heridas en una parentalidad consciente.
Sanar para Criar

Conclusión

Convertirse en madre o padre suele despertar recuerdos, emociones y heridas que permanecían ocultas. Sanar la infancia no significa olvidar el pasado, sino comprenderlo e integrarlo para evitar que siga dirigiendo nuestras decisiones.
Al afrontar las heridas con honestidad, pedir ayuda cuando es necesario y actuar con conciencia, es posible romper ciclos de dolor y construir relaciones más sanas y seguras para las futuras generaciones.